El Manantial by Ayn Rand

El Manantial by Ayn Rand

Author:Ayn Rand
Language: es
Format: mobi
Tags: narrativa
Published: 2010-03-25T23:00:00+00:00


XIV

—¿Quién? —preguntó Keating, atónito.

—La señorita Françon —repitió la criada.

—Usted está borracha, ¡estúpida del diablo!

—¡Señor Keating...!

Se puso en pie, la apartó, voló al vestíbulo y vio que Dominique Françon estaba en su piso.

—¡Hola, Peter!

—¡Dominique...! Dominique, ¿qué ha sucedido? En su mezcla de rabia, aprensión, curiosidad y placer halagado, su primer pensamiento consciente fue dar gracias a Dios porque su madre no estuviera en la casa.

—Llamé por teléfono a su oficina. Me dijeron que había salido para su casa.

—Estoy tan encantado, tan agradablemente sor... ¡Caramba, Dominique!, ¿para qué hablar de eso? Siempre soy correcto para usted y usted está tan lejos de eso que resulta perfectamente absurda. De manera que no haré el papel de huésped sorprendido. Se imaginará que me he quedado atontado y cualquier cosa que diga probablemente será una estupidez.

—Sí, eso es mejor.

Keating se dio cuenta de que tenía aún una llave en su mano, y se la metió en el bolsillo. Había estado preparando la maleta para su viaje de novios del día siguiente. Dio un vistazo a la habitación y notó con disgusto cuan vulgares parecían sus muebles junto a la elegancia de Dominique. Llevaba un traje gris, abrigo de piel negra, cuyo cuello le llegaba a la cara, y un sombrero inclinado hacia abajo. No estaba como en la Audiencia ni como él recordaba haberla visto en las cenas. De súbito pensó, en aquel momento, años atrás cuando estaba en el descanso de la escalera, junto a la oficina de Françon y no quiso volver a ver nunca más a Dominique. Ella era lo que antes había sido: una extraña que lo atemorizaba por la vivacidad cristalina de su rostro.

—Siéntese, Dominique. Quítese el abrigo.

—No, no estaré mucho rato. Desde el momento que hoy no tenemos nada que ocultarnos puedo decirle a qué he venido. ¿O quiere antes una conversación de cortesía?

—No, no quiero una conversación de cortesía.

—Bien. ¿Quiere casarse conmigo, Peter?

Keating permaneció inmóvil, después se sentó súbitamente, porque se dio cuenta de que ella hablaba en serio.

—Si quiere casarse conmigo —confirmo con la misma voz, precisa e impersonal—, debe hacerlo ahora. Mi auto está abajo. Vamos a Connecticut y volvemos. Emplearemos tres horas.

—Dominique —No pudo mover los labios más que para pronunciar su nombre. Pensaba que se había paralizado. Sabía que estaba violentamente vivo, que estaba forzando el estupor en sus músculos y dentro de su mente porque quería escapar a la responsabilidad de la conciencia.

—No estamos fingiendo, Peter. Generalmente la gente discute sus razones y sus sentimientos primero, hace los arreglos prácticos. Entre nosotros, éste es el único medio. Si se lo ofreciera de otra forma, estaría estafándole. Debe ser así. Sin preguntas, sin condiciones, sin explicaciones. Lo que no decimos se contesta por sí mismo. No es necesario decirlo. No tiene nada que considerar; solamente si quiere o no.

—Dominique —dijo él con la concentración que sentía al andar por una viga desnuda en un edificio a medio construir—, sólo comprendo esto; que debo imitarla al no discutir, al no conversar. Sólo responder.

—Sí.

—Es que no puedo, casi.



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